Backstage de un milagro menor
Voy a contar algo que ocurrió hace un mes y que,
por un momento, nos pareció un milagro de entrecasa. Podría narrar el milagro
sin dar a conocer su lógica interna, escondiéndoles a ustedes la explicación
que lo desbarata. Pero no haré eso, porque me quedaría un cuentito fantástico y
nada más. Voy a narrar los hechos sin trucos. Ustedes verán a las marionetas
pero también los hilos que las mueven. Dicho esto, la historia empieza con una
mujer, sentada en un sillón, y sigue con una chica de once años que va en coche
por la ruta.
La mujer, que también es mi madre, acaba de echar a
todo el mundo de su casa (a los amigos, a los hermanos, a los nietos) porque
necesita quedarse sola, llorar sola y esperar sola a que llegue el sueño. Hace
cincuenta y dos horas que no duerme. Ahora intenta descansar y se desploma en
el mismo sillón donde dos días antes murió su esposo, que también era mi padre.
Es la noche del once de julio, hoy hace un mes. Por
primera vez en cuarenta años, esta mujer cierra la puerta de su casa sin que
dentro viva nadie más.
El truco comienza en este párrafo, porque a diez
kilómetros, por la ruta cinco, van en coche mi hermana, su marido y sus hijos,
de regreso a La Plata después del entierro. Es de noche y nadie habla, porque
ha sido un día muy triste y después una noche muy larga.
Una chica de once años, que se llama Manuela y es
mi sobrina, se recuesta sobre la ventanilla a ver pasar las luces del camino;
saca de su mochila un teléfono móvil y se pone a revisar los contactos. Nadie
le presta atención.
Volvamos a Mercedes. La mujer que es mi madre
aprovecha su primera soledad para desahogarse sin testigos. No ha podido
hacerlo antes porque no tuvo un segundo sin compañía, sin abrazos o presencias.
Se ha mostrado fuerte en todas partes: serena en el salón y en los pasillos de
la casa velatoria, y también entera en las calles del cementerio, frente a la
bóveda. Saludó, besó y agradeció a todo el mundo; cabizbaja y líquida, es
verdad, pero sin desbordes. Ha durado cincuenta horas sin hacer un solo
escándalo en público. Ahora, por fin, está sola.
Se pone a gritar como si la hubiesen quemado.
Lejos de allí, cruzando el peaje de Luján-Mercedes,
uno de mis sobrinos observa el celular que maneja Manuela, su hermana. No es el
teléfono de siempre, el rosa de juguete, sino uno distinto de color negro, que
parece real. El hermano pregunta:
—¿De dónde lo sacaste?
Manuela no le responde y se queda mirando por la
ventana. El hermano insiste:
—¿Es un teléfono de verdad?
Entonces Manuela se acerca a su oído y le contesta,
en voz muy baja para que sus padres no la escuchen:
—Es el celular del abuelo Roberto —y también dice—:
tiene crédito.
Como se ve, lo que va a pasar dentro de un rato no
tiene nada que ver con un milagro, pero sigamos con los hechos naturales: en la
que fue mi casa, en la que es mi casa, la mujer sigue con sus gritos. No son
lamentos al azar, no son aullidos ni onomatopeyas salvajes, sino preguntas
retóricas dirigidas a su esposo, en tono de reprobación y con timbre de
barítono.
La mujer le reprocha al marido, en voz alta, la
poca consideración que tuvo al no haber informado sobre su muerte, tan
repentina y a destiempo. Se levanta del sillón y le habla. Las frases que dice
no tienen sentido, por lo menos no en el terreno de la lógica, pero a la viuda
le bastan y le sobran para desahogarse.
Ella sabe que gritar ¡por qué no me avisaste!
no sirve para nada, pero lo dice de todas formas. Y lo repite, y lo repite una
vez más, porque los reproches inútiles, en las casas vacías, suenan mejor con
la insistencia.
Con el tiempo aprenderá a usar el pensamiento, a
conversar en silencio, sin hacer uso de los gestos ni la boca, pero ahora la
mujer es inexperta y le habla a su esposo a viva voz. Le habla al sillón, en
realidad. Ya no le grita: de a poco la escena se convierte en una conversación
típica del matrimonio, en una crisis menor, en uno de los muchos monólogos
nocturnos en donde ella siempre gritó y el otro siempre hizo silencio.
—Siempre igual vos —le dice—. Cuando hay problemas,
calladito.
En el coche dos de mis sobrinos duermen; Manuela
no. Sigue mirando las luces por la ventanilla, con el teléfono todavía en la
mano. Se llevó ese teléfono porque nadie más lo iba a usar, y porque ella
todavía no tiene uno. Más tarde confesaría que no fue un robo: dos o tres veces
quiso pedírselo a su mamá, pero ella siempre estaba llorando o dejándose
abrazar por gente. En un momento se lo mostró a su abuela y le dijo, con mucha
vergüenza:
—Chichita, ¿lo puedo usar yo ahora?
Y su abuela hizo que sí con la cabeza, pero era un
sí a cualquier cosa, no estaba mirando a ninguna parte. Por eso ahora la chica
piensa en la abuela triste, en su cara de agotamiento y pena, y siente culpa
por haberla dejado sola, en Mercedes. Se despidieron en la puerta, sus padres
le ofrecieron quedarse, o que se fueran todos a La Plata, pero la abuela no
quiso:
—Alguna vez tengo que estar sola —dijo, y se
encerró.
Su abuela es fuerte, piensa Manuela, ella no se
habría animado a quedarse sola tan pronto. Es fuerte pero está triste. En once
años, en toda su vida, Manuela no había visto nunca a Chichita con los ojos sin
brillo. Entonces abre el teléfono y le escribe.
El hilo y las marionetas se unen en este segundo,
porque al mismo tiempo que la nieta pulsa la primera letra del mensaje, la
viuda, que conversa en casa con su esposo, le está pidiendo una señal al
muerto.
—Dame una señal —dice la mujer, que es también mi
madre, mirando el sillón vacío.
No es increíble, no es mágico que Manuela escriba
su mensaje en este punto de la historia. Bien mirado, es natural. Es cierto que
también pudo haber ocurrido primero una cosa y mucho después la otra, incluso
con horas de diferencia, pero están pasando las dos a la vez y no debe asombrar
a nadie.
La chica escribe en el coche mientras la mujer, en
su casa, le pide a su marido —en voz muy alta— que le dé una señal. También le
pregunta qué hará ella ahora, sin los hijos y sin él; cómo se recompone la
rutina; dónde están las facturas y cómo se pagan; quiere saber si el tiempo
cura; pretende que él la ayude a tramitar la pensión; le pide otra vez una señal;
le dice que tendría que haber sido al revés, y dentro de veinte años; pero
sobre todo al revés.
Mezcla la desesperación filosófica con el planteo
doméstico, a veces en la misma frase. Habla con serenidad, pero ya sin control,
a la vez que Manuela redacta una frase muy simple, de cuatro palabras, a
sesenta kilómetros de allí:
—NO ESTÉS TRISTE, DESCANSÁ —es lo que escribe mi sobrina, y
envía el mensaje. Después acomoda la cabeza en el hombro de su hermano, y se
queda dormida.
Miremos por un instante cómo viaja el texto hasta
un satélite, cómo rebota la frecuencia y se convierte en bytes. Veamos
la escena desde todos los ángulos, para asegurarnos de que no hay milagro
posible, que todo tiene la lógica del tiempo y del espacio.
Mientras las palabras de su nieta viajan en medio
de la noche, la mujer sigue con su monólogo encendido. Sospecha que su esposo
resultará un muerto tímido, como lo fue en vida, poco dado a lo trascendental,
porque no aparece. Supone que le costará hacerse presente, dejarse ver. Y así se
lo dice:
—Vos no sos la clase de tipo que se aparece después
de muerto, yo sé que te da vergüenza, pero tenés que hacer un esfuerzo. Vos...
Entonces suena, en la casa vacía, el celular de la
mujer. Ella se queda con la palabra en la boca y camina hacia el milagro falso,
mientras se pone los lentes de leer de cerca. Observa, en la pantalla del
teléfono, una frase imposible, en letras mayúsculas:
ROBERTO HA ENVIADO
UN MENSAJE DE TEXTO
UN MENSAJE DE TEXTO
La mujer, que es también mi madre, presiona un
botón y repasa las cuatro palabras que hace diez segundos ha escrito Manuela
desde el coche.
—No estés triste, descansá.